ARTIUM (2002-2012): Memoria gráfica y documental

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Villa Edur. Eduardo Sourrouille

17/01/2009 > 19/04/2009 (Sala Norte)

Comisario: Enrique Martínez Goikoetxea

Artista: Eduardo Sourrouille

[Consultar documentación]

La casa que muestro en Villa Edur es mi casa, como era (es) la de mi madre. Se trata del primer legado que recibí de ella, el más valioso de todos: además de un hogar, es un proyecto perpetuo, un motor vital y un reflejo de mi trayectoria.

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En mi casa, el anfitrión recibe a sus huéspedes a la entrada, donde el recién llegado accede al testimonio de todas las visitas que le precedieron. Todo aquello que se desarrolla en este espacio es celosamente escenificado, así que con idéntico celo se selecciona cada elemento del decorado: objetos, vestuario y escenografía componen en sí mismos, y también de manera conjunta, un sistema de símbolos sobre la naturaleza de su propio contenido.

Uno por uno, el retrato del personaje en cuestión se enfrenta a su situación en el contexto que se creó para él, y que a su vez él mismo contribuyó a definir, y cuyo fantasma aún perdura. Cada retrato establece la fijación tanto de una identidad singular como de un tipo de relación en el que interactúan al menos dos individuos, y que es a su vez reflejo de una determinada experiencia vivida. Toda relación deja en el otro, visible y definitiva como la abolladura de un recipiente de aluminio, una muesca que reafirma la experiencia vital y reconforta (provisionalmente) por constituir la prueba de nuestra materialidad. La necesidad insoslayable de realizar esas muescas implica la creación de toda una red de relaciones, donde tienen cabida (a veces confundidos) la amistad, el afecto, el amor, la fascinación, el deseo...
Junto a la puerta, elevada en su firme y leve repisa, mi madre nos observa y nos invita.

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Franqueando una puerta se llega al salón, espacio multifuncional y finalmente mágico, entorno en el que se pone en escena todo aquello que puede mostrarse y también parte de lo que no. El salón siempre ofrece, en última instancia, una imagen precisa de lo que su propietario es y desearía ser, de lo que deliberadamente muestra a los demás y lo que no puede evitar traslucir a través de las rendijas del inconsciente.
Por ello, el salón ofrece al visitante una galería de treinta autorretratos que le muestran las distintas personas que conviven en mí, qué es lo puede esperar y hasta dónde llega el rango dentro del cual le está permitido elegir. Desde un punto de vista conceptual, estos retratos encarnan de manera simbólica diferentes facetas del amor y la amistad, que se encuentran contenidas en mí, como en todo individuo.

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Después aguardan las estancias privadas en las que tienen lugar los procesos íntimos y secretos, las ceremonias que generan al individuo y que después lo modelan, lo acuñan y rubrican para el mundo. En una de ellas comparto el espacio con mi padre, porque allí es donde el legado se transmite a la camada mediante ritos atávicos y recurrentes, tan sencillos que apenas causan dolor. En otra, me atrevo por fin a efectuar la llamada que he aprendido, la que me sirve para invocar al Otro, aunque de algún modo a quien busco sea a mí mismo. Hay en esa llamada angustia y desconcierto, pero también el deseo de establecer una comunicación constructiva, pues también me ofrezco al Otro para que imprima su muesca sobre mí.

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En la habitación más oculta de todas es donde se desarrolla la intimidad de la persona, lo que uno no confiesa necesariamente, pero que en todo caso ha decidido vivir. Es también el espacio reservado a la belleza que uno ha encontrado por sus propios medios -pues no ha sido revelada por ninguna voz ascendente- y que será por tanto atesorada como propiedad exclusiva de su descubridor.
En Villa Edur habito yo porque habitan también todas las relaciones que cristalizan en torno a mí. Cada individuo alberga un espacio que sirve de escenario para sus relaciones, su familia, amantes, amigos, y para la vida toda que sedimenta a lo largo del tiempo, formando la estructura de su tramoya. Es a ese espacio a lo que suele llamarse hogar.
Ianko López Ortiz de Artiñano para Eduardo Sourrouille..

 

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