El acorazado Potemkin

Se encuentra usted aquí

El marco histórico y cultural: del imperio a la URSS

Rusia era un país retrasado respecto a otras potencias europeas, pese a la creciente industrialización y tendido de vías de ferrocarril. La dependencia de capital externo y la inexistencia de un mercado interior fuerte, debido a la extrema pobreza material de la mayoría de la población, hacía a un imperio de apariencia sólida un gigante con los pies de barro.

La aristocracia, algunos burgueses adinerados y la Iglesia Ortodoxa copaban todo el poder y la riqueza. No obstante, la creciente industrialización, crearían nuevas capas sociales de obreros, pequeña burguesía en algunos núcleos urbanos importantes que deseaban, cada uno a su manera, cambiar el sistema, de raigambre aún feudal.

La derrota inesperada de la armada rusa en la guerra con Japón, una potencia en ciernes, en 1905, conmocionó al mundo. Junto a las crisis periódicas de alimentos típicas del Antiguo Régimen, ya prácticamente inexistentes en la Europa occidental en esos años, hizo que diversos colectivos se echasen a la calle para protestar por la falta de pan y las pésimas condiciones de vida, mientras una minoría amasaba las plusvalías de la explotación minera e industrial, que formaba parte de un estado absolutista, donde el respeto a las libertades individuales no existían.

La revolución de 1905 sirvió de precedente a la de 1917. El impacto de la terrible e indiscriminada represión de las tropas zaristas en la plaza del palacio de Invierno al acercarse la población hambrienta para hacer una petición pacífica al Zar, allanó el camino a Lenin y sus colaboradores. Lenin, de hecho, estaba a favor de la guerra revolucionaria, ya que, según él, es la única justa y justificable que hay.

La declaración de guerra a Alemania significó un deterioro de las condiciones de vida de la población, en su gran mayoría campesina. Millones de campesinos rusos fueron enviados al frente como soldados, en una guerra para la que no estaban preparados ni en técnica ni logística y que carecía de sentido para ellos.

El descontento de la mayor parte de la tropa, junto con las huelgas en fábricas de los principales centros industriales como San Petersburgo o Moscú, hacen que en febrero de 1917, el Zar Nicolás II abdique, cuando las sublevaciones se han extendido por toda Rusia y soviets locales se adueñan del poder efectivo del país.

Sin embargo, el nuevo gobierno provisional, presidido por Kerensky, decidió continuar con la guerra, por lo que, en noviembre (octubre en el antiguo calendario ruso), el soviet de Petrogrado toma el control de los puntos vitales de la ciudad) y el gobierno se disuelve. En Moscú también se controla la situación en poco tiempo. De esta manera, los dos principales centros industriales del país están bajo control bolchevique.

Sin embargo, la Gran Guerra continúa y se suceden momentos confusos de revoluciones y contrarrevoluciones en un país desangrado. Las potencias occidentales, que empujaban a Rusia a continuar la guerra, desembarcan tropas en suelo ruso. Los rusos blancos y otras tendencias contrarias al triunfo bolchevique ponen en aprietos al nuevo gobierno de Petrogrado comandado por Lenin.

Se inicia una guerra civil, ocupación de tierras, así como una falta de combustible y materias primas. Pero, sin duda, comenzará una etapa clave para el desarrollo de las vanguardias rusas en todos los campos artísticos, entre ellos, el cine.

La anterior dependencia de las metrópolis europeas, en especial, Francia, principal inversor del estado zarista, abarcaba a todos los sectores productivos, incluido el cine, la fotografía y el escaso mercado artístico existente, y la aristocracia zarista y la burguesía imitaban a las clases altas parisinas.

De ahí se pasa a una situación radicalmente nueva en el lapsus de menos de un lustro, creando un ambiente político propicio para la libre creación. En literatura, poesía, teatro, las artes plásticas, el diseño, queda integrado en un continuum del que también formará parte el cine.

La abolición en el mismo año de 1918 de la Academia de Bellas Artes de San Petersburgo y de Moscú, da paso a la potenciación de las vanguardias, lideradas en ese momento por el Constructivismo, que se convierte en emblema oficial de la modernidad del nuevo orden social y que viaja por Europa al calor de las Exposiciones Universales, en especial, la de París de 1925.

En esta primera etapa, el futurismo y su apología de la máquina jugará un papel fundamental en un momento en que era necesario la reafirmación del ideario comunista. El monumento a la Tercera Internacional (1919) de Tatlin estará en esta línea.

Ya desde los años anteriores a la Revolución se van acumulando distintas sinergias en torno a diversos autores. Se producen novedades en todos los campos expresivos. Cubismo, Futurismo, Constructivismo, Suprematismo, son términos muy unidos a las vanguardias rusas. La dialéctica del choque de imágenes, mediante el collage, el montaje y el maquinismo, su seña de identidad en su esfuerzo por crear un verdadero sistema soviético de representación.

Estas vanguardias rusas, muy diversas, siguen ciertos ideas de las europeas pero bajo los principios socialistas de toma de conciencia marxista. La Revolución de Octubre de 1917 significó una revolución política, social, cultural y artística, aunque muchos de sus autores considerasen el término arte totalmente burgués y, por tanto, algo a evitar. En ello no se apartan demasiado de algunas posturas inmediatamente anteriores a la Gran Guerra en la Europa occidental.

Sin embargo, las tempranas propuestas son absolutamente novedosas. Ya en 1915, Malevich nos presenta su famoso Cuadrado negro. Cuadrado que sustituye la forma triangular que simbolizaba la divinidad. Negro porque es el punto cero de la representación mimética, la ruptura con el sistema de representación anterior a la Revolución. Una cultura nueva para un mundo nuevo.

La novedad, incluso, llega a convertirse en norma, bien vista por las autoridades. Eso no significa que las autoridades no censuran ciertas manifestaciones, como la del documentalista Dziga Vertov y su Cine-Ojo y su deseo quimérico de que la cámara reflejase la realidad mediante el montaje, sin actores ni elementos dramáticos.

Hasta la implantación del Realismo socialista, por ley en 1933, que acabará con todo rastro de experimentación plástica, las vanguardias rusas serán pioneras en muchos campos. Bajo la administración de Anatoli Lunacharsi, Comisario del Pueblo para la Instrucción Pública, se crean una serie de secciones, como el Proletkult, Valerian Pletniov, Vsevolod Meyerhold, El Lissitzky o Alexander Rodchenko.

No obstante, a finales de la década de 1920 se vuelve paulatinamente al realismo, ya que las manifestaciones abstractas eran incomprensibles para el pueblo ruso, en su mayoría analfabeto, por lo que no era posible que a través de ellas se les inculcase el ideario comunista.

En un país de rica tradición literaria, teatral y musical, a pesar de su tradicional pobreza y falta de libertad de expresión desde sus orígenes, las vanguardias rusas brillaron con luz propia durante los felices años veinte, en un contexto político y económico cuando menos complicado.