Cine soviético: vanguardia y revolución

A diferencia de las anteriores recreaciones históricas más o menos acertadas, desde el lado soviético, la lectura de los hechos es muy diferente. El cine soviético es, en algunos casos, el que se erige en portador de la verdad histórica de la Revolución, para mostrarla al mundo, siguiendo este carácter internacionalista de la sociedad y la cultura soviéticas de los primeros tiempos.

El cine soviético como tal nace tras la nacionalización del sector en 1919, bajo la gestión del Comisariado del Pueblo para la Instrucción Pública. En 1922, la actividad cinematográfica queda centralizada por Goskino.

Aunque la guerra civil hace que su afianzamiento se retrase un poco, nace para servir a la Revolución, ensalzando, en clave marxista, los hechos acaecidos durante los primeros años de la misma.

Lev Vladimirovich Kuleshov será uno de los iniciadores del cine soviético, con Las extraordinarias aventuras de Mr West en el país de los bolcheviques (1924). Rueda documentales en el frente durante la guerra civil y se le encarga el montaje de viejas películas zaristas para que sirvan a los ideales comunistas. Será propagador de nuevas ideas por su docencia en la Escuela de cine de Moscú.

Junto a un cine más abstracto, como el del documentalista Dziga Vertov, con su Cine Ojo, empleando el montaje y rechazando el uso de cualquier artificio, encontramos, aunque influenciado por éste un cine más pragmático, el de Pudovkin o el de Eisenstein. Ambos firmarán un manifiesto del cine soviético en 1928.

Coincidiendo con el auge de las vanguardias artísticas, el cine se convierte, al igual que las artes plásticas el teatro o la literatura, en vehículo de experimentación. Algo aceptado por las autoridades en los primeros años de la Revolución pero que luego será acusado, al igual que el cubismo, el impresionismo y otras manifestaciones de vanguardia como estilos burgueses y, por tanto, nada aconsejables para la educación del proletariado.

Casi al mismo tiempo que Eisenstein, Vsevolod Pudovkin, discípulo de Kuleshov, firma otro clásico del cine ruso es La madre (1926), otra versión de la revuelta campesina de 1905, también tratada en El acorazado Potemkin pero desde otro ángulo.

A finales de los años veinte, todo este cine experimental de vanguardia desaparece y da paso al llamado Realismo socialista, más acorde con el gusto de Stalin y otros elementos del Partido. Ahora el único tema será la representación de los trabajadores y su toma de conciencia, etc.

Pero en la Unión soviética, a finales de los años setenta empieza a aflorar un cine diferente, que comienza a apartarse de la línea oficial de interpretación de los hechos de la Revolución rusa. Ejemplo de ello es Andrei Konchalovsky, con su Siberiada (1979), en la que dos familias, habitantes de los confines de Siberia, completamente diferentes en situación social y percepción de los cambios, se enteran de la noticia del triunfo de una Revolución en San Petersburgo.

Ya en época postcomunista, Quemado por el sol (1994), de Nikita Michailov refleja la vida de un héroe de la revolución, el comandante Kotov durante el estalinismo. Es, en efecto, esta terrible época la que más ha inspirado a los cineastas eslavos, muy por encima de los acontecimientos inmediatamente anteriores o posteriores a la Revolución de Octubre. Taurus (2001), de Alexandr Sokurov, retrata los últimos momentos de vida del líder de la Revolución, Lenin, desde una perspectiva muy diferente a lo realizado en época soviética, auténticas hagiografías que desgranaban los pormenores de su vida.

Como se puede comprobar, las distintas versiones de los acontecimientos de la Revolución en el cine ruso han estado muy condicionadas por los vaivenes políticos de cada momento histórico.

Por tanto, y como conclusión, debemos admitir, a pesar de la carga propagandística y al carácter oficial de las cintas de Eisenstein, es el letón el que mejor ha reflejado los hechos, a pesar de ciertas incoherencias por exigencias del guión.