Obra

La obra de Fermín Aguayo se divide en diferentes etapas enmarcadas cada una de ellas por un estilo y características diferentes, así como por unas circunstancias personales concretas. Respecto a este hecho, cabe reseñar por ejemplo la tristeza y angustia plasmada en sus obras de finales de los años cuarenta. En ellas se observa una temática dramática, vinculada a lo que tuvo que vivir cuando todavía era un niño: el fusilamiento de su padre, la huída con su madre, el fallecimiento de la misma, etc.

Su andadura artística se inicia de la mano de Santiago Lagunas. Ya en sus primeras creaciones se reconoce un estilo diferente al que marcaban los cánones del momento. Investigó las posibilidades que le procuraba la gama cromática, se alejó de las realidades estrictas del momento para experimentar y alcanzar en sus obras un fuerte carácter expresivo.

   

 

 

 

 

Coincide con estas incipientes creaciones la fundación del grupo Pórtico, que con la exposición Pórtico presenta nueve pintores de 1947 se consolidó como uno de los primeros grupos que se inclinó por la abstracción. Antonio Bonet Correa se refiere a éste como el “...movimiento de audaces y renovadores vanguardistas”. En cuanto a éste. El principal impulsor del grupo fue el librero José Alcrudo, quien mantenía un estrecho vínculo con el entorno intelectual del momento. Su propósito fue crear un grupo de artistas que mostrara el panorama artístico zaragozano.

En un primer momento, Pórtico se compuso por doce artistas, entre los que se encontraba Aguayo, quien más tarde despuntaría junto con Santiago Lagunas y Eloy Giménez Laguardia, siendo considerados pioneros de un resurgir del interés de la vanguardia en España. Dos de estos tres pintores poseían un futuro lleno de posibilidades por su juventud, por un notable interés por la experimentación y por el amparo de Lagunas, quien poseía, dada su experiencia, las herramientas y recursos necesarios como para que sus obras fueran reconocidas a nivel nacional.

Trabajar de forma conjunta con Santiago Lagunas propició la recreación del universo plástico, y permitió a Aguayo conjugar los elementos de forma singular. Por entonces el grupo había adoptado la abstracción como forma de expresión en un contexto en el que los “expresionismos” regían el panorama artístico. Es en este momento cuando Aguayo realiza sus investigaciones y enuncia diversas formulaciones abstractas que obtuvieron tanto elogios como críticas. A fines de 1947 Aguayo se encuadra dentro de una figuración de honda raíz expresionista. Es considerado como uno de los impulsores del arte abstracto más reseñable por sus aportaciones pictóricas.

Esta “alianza artística” fundó sus bases sobre dos pilares, el cubismo, cuyo máximo representante lo encontramos en la figura de Picasso, y la emotividad de Van Gogh que muestra de forma regular el realismo imperante en la España del momento. Ambos marcarán su impronta en la labor de todos estos artistas. Como afirma la propia Concha Combalía, en torno a 1948, tras el éxito en una exposición celebrada en Madrid, “...estos artistas abandonaron la figuración y el gesto, y los trazos comenzaron a emerger...”.

En la intensa trayectoria del artista 1952 se consolida como un punto de inflexión. Cansado del sofocante ambiente artístico español decide marcharse a París. Se instala en la capital francesa con el objetivo de iniciar su carrera en solitario dando rienda suelta a su creatividad y alejándose de las conservadoras formas pictóricas. La falta de encargos, su situación familiar, las escasas compras y el alejamiento desde un punto de vista profesional de su gran amigo Lagunas entre otras cosas, hicieron que el pintor tomara la decisión de marchar a tierras parisinas.

Con la marcha de Fermín a la capital francesa, Lagunas se dedicó por entero a la arquitectura y Laguardia se trasladó a San Sebastián. En este momento el grupo Pórtico se desvanece, y Aguayo se mantiene como el último bastión ya que es el único de los tres que continúa con su trayectoria artística. Según Concha Lomba Serrano su etapa zaragozana de Aguayo culmina con la creación de tres magistrales obras que son, Semana Santa, Fiesta y A las cinco de la tarde, todas ellas datadas en 1952. De este modo se da por concluida la corta pero intensa vida de un grupo que quiso romper con las normas establecidas en un país anclado en un período de postguerra en el que la falta de libertad procuraba un ambiente asfixiante. Rompieron con los cánones convencionales apuntando hacia la abstracción más radical.

Tierras rosas, 1955.Semana santa, 1952.Fiesta, 1952.

La etapa parisina viene comprendida por los años 1962 y 1977. Según Antonio Bonet “...su pintura es cada vez más lírica, tiende hacia la figuración pero siempre dentro de un espacio abstracto...”. Podríamos calificar a esta etapa como un periodo en el que su quehacer artístico alcanza su grado máximo de madurez. Nunca llega a abandonar aquellos rasgos pictóricos que adoptó en un principio sino que el paso del tiempo y la creación de nuevos trabajos son testigos estratigráficos de la evolución artística de Aguayo. Todo lo que en él hizo mella queda recogido en sus obras con mayor o menor intensidad. Su trayectoria artística se desarrolló entre dos ciudades, Zaragoza, ciudad que le vio crecer y París, capital en la que desarrolló el grueso de su obra y que adoptó como residencia definitiva. Será precisamente en la capital francesa donde encuentre la representación y reconocimiento por parte de la Galería Jeanne Bucher, que representó y divulgó su trabajo en infinidad de ocasiones. Fue Jean-Françoise Jaeger, director de la misma, quien ofreció un salario mensual y una casa-taller al joven y recién llegado Aguayo. A partir de este momento, en torno a 1958, consigue cierta estabilidad económica y, lo más importante, logra exponer en Nueva York, Suiza, Inglaterra, etc.

Respecto a España, Aguayo parecía no cicatrizar las heridas que la Guerra Civil había grabado en él. El caos generado por la guerra, la pérdida de gran parte de su familia, las secuelas de una huída aterradora y la imposición de un régimen absolutamente vacío de libertades marcaron a su persona y al artista que llevaba en su interior.

Aguayo, un hombre introvertido, contaba, en contadas ocasiones y rodeado de quienes consideraba sus más íntimos amigos, sus sentimientos más profundos. España provocaba en él un sentimiento de nostalgia amargo y triste empañado por el recuerdo de su juventud. Muestra de ello es que nunca regresó a su pueblecito natal a pesar de visitar España en diversas ocasiones. A partir de 1955 el pintor realiza obras abstractas de largas y potentes pinceladas adornadas con fuertes contrastes claroscuristas. A partir de este año hasta inicios de los sesenta Aguayo contagiado por la quietud y bienestar de la vida parisina impregna en sus obras un carácter más suave mediante el empleo de colores claros como el rosa, amarillo o azul, dotando a sus cuadros de una claridad y luz espectaculares. La contemplación de los mismos transmite una sensación de calma y tranquilidad. En sus pinturas se observa que tras el dolor arrastrado por la Guerra Civil Aguayo encuentra en París un espacio de reflexión que aporta a su vida una sensación de bienestar.

La temática abordada en la década de los sesenta poco tenía que ver con los temas tradicionales, y comienza así a recrear el cuerpo desnudo de su compañera Marguerite, figuras al aire libre, como las bañistas que recrean una plácida imagen con esbeltas figuras femeninas con el azul del mar de fondo.

Marine, 1967.Tres desnudos en el espacio, 1968.L’atelier aux baigneuses, 1967-1969.

 

 

 

 

 

 

Ya en los años setenta lo representado en el lienzo varía hacia una pintura de género. Ahora los protagonistas de sus obras son personas anónimas e incluso Marguerite y él mismo en escenas cotidianas. Figuras que caminan, parejas o individuos solitarios, que evocan a esas últimas horas del día cuando regresan a sus casas tras el trabajo. Recuerdan a las grandes ciudades en las que la gente camina por las anchas avenidas sin percatarse de quién pasa por su lado. Una obra emblemática de este periodo es España 36, realizada en 1973, cuando el ya enfermo Aguayo plasmó por primera vez la tragedia vivida en su infancia. Se trata de una paloma que cae ante los ojos del pintor. Según cuenta el propio artista: “El problema era introducir algo que no era únicamente una sensación como en todos mis cuadros, sino una cosa emocional... lo que requería pintar la caída, la pérdida de algo, evocando la de Ícaro, como una especie de mitología personal en la que surge un ave –a la vez la luz-, que medio moribunda ilumina el cuadro.”

Se dice de Aguayo que era un hombre discreto, tímido y callado cuya trayectoria ha sido considerada una de las aventuras más apasionantes del panorama artístico aunque no lo suficientemente reconocida. Aquellos que le conocían, quienes trabajaron junto a él y los que admiraron lo fascinante de sus trabajos afirman que Aguayo triunfó a su manera, humildemente. Como él mismo afirmó: “Yo hago una pintura muy pobre, extremadamente pobre de medios”. Su persona y sus obras fueron apreciadas por cuantos le rodearon y la admiración suscitada es testimonio inequívoco de su grandeza.