Carmelo Ortiz de Elgea

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Obra

 
 

Carmelo Ortiz de Elgea es uno de los artistas de la pintura vasca de posguerra mejor considerado,  destacado como uno de los paisajistas vascos más significativos. Desde el inicio de su trabajo, la relación de Ortiz de Elgea con el paisaje ha sido determinante aunque no invariable.

La primera etapa creativa del pintor, que abarca desde finales de los años 50 hasta mediados de la década posterior, da lugar a un tratamiento del paisaje ordenado, clasificable dentro de un canon visual propio de la apariencia que asociamos a la naturaleza. Dentro de esta etapa aparecen referencias a paisajistas como Godofredo Ortega Muñoz o Francisco Arias, así como el legado de la primera Escuela de Vallecas de los años 30 con Alberto Sánchez y Benjamín Palencia [+].  Del mismo modo, existe cierta influencia de la interpretación del paisaje que realizan pintores de cambio de siglo, como el vasco Ignacio Zuloaga. Estas influencias convergen muy elocuentemente en la pintura expresionista de Ortíz de Elgea de los años 60, dando lugar a un lenguaje poético basado por un lado en el deseo de modernidad y por otro en la raíz del paisaje autóctono.

En las obras de estos años se observa un tratamiento del color casi agresivo y un tanto inquietante, propio de la pretensión expresionista perseguida y alcanzada, así como un uso muy abundante de la materia pictórica. En estas pinturas no hay figuración antropomórfica pero sí se intuye que el propio pintor esta inmerso en el paisaje representado. La dimensión fundamental de su trabajo en este breve período será la materia pictórica en sí misma, la cual se apropia de la obra. Algo muy en consonancia con las prácticas artísticas que vienen desarrollando artistas como Tàpies [+], Saura, Canogar, Millares, Viola [+], Tarrats y Cuixart, componentes de colectivos artísticos como El Paso [+] o Dau Al Set [+], que como indica la historiadora del arte María José Hernando Rubio [1], reflejan fielmente lo que sucede en el ámbito artístico de posguerra en Europa y América.

A partir de 1965, coincidiendo con su participación en el Grupo Orain, Carmelo Ortiz de Elgea muestra una nueva aproximación al paisaje. En obras como Paisaje de Materia I ha desaparecido el horizonte que de manera concluyente delimitaba cielo y tierra, ahora se aprecia un "desorden" que permite vislumbrar la nueva búsqueda conceptual y estética del artista a través de los contrastes cromáticos, la acumulación de materia y la acción impulsiva o acusadamente vigorosa del momento creador. El pintor alavés consolida de este modo el camino de su obra hacia la abstracción, en el cual el color se va tornando cada vez más terroso y oscuro.  También es importante destacar que en este período el pintor manipula la capa pictórica mediante rayados o agrietados, evocando la huella de lo natural.

A finales de los años 60 y comienzos de los 70 la pintura de Ortiz de Elgea manifiesta un giro rotundo, alejándose de la abstracción total y acercándose al pop-art. Aparecen de nuevo elementos figurativos, no solo a través de la pintura, también añadidos como fragmentos de cartel y fotografías a modo de collages. Respecto a los aspectos compositivos, las pinturas de este momento recuerdan a la estructura del cartel marcada además por unas divisiones que parecen separar la sociedad de consumo igualitaria de otra subyacente de características singulares. Este nuevo lenguaje empleado por Ortíz de Elgea se percibe especialmente bien en obras de 1966 como El tríptico de la democracia.

Durante los años 70, Ortiz de Elgea realiza una serie de pinturas en las que muestra un paisaje fantástico y poco definido, en el que se insertan figuras humanas o fragmentos de estas. Las pinturas de estos años siguen sin ser naturalistas, no se someten a la perspectiva, no hay unificación en la escala de las figuras u objetos evocados, y el pintor juega en ellas con la superposición de elementos de colores vivos y brillantes. Entre 1970 y 1975 Ortiz de Elgea define un estilo que comienza a hacer su trabajo claramente reconocible, además de ser el momento en el que suma la utilización de soportes de gran formato, los cuales sigue empleando en la actualidad. A lo largo de estos años toma protagonismo el desnudo femenino, ya que lo introduce con frecuencia en estos nuevos paisajes. Al final de esta década, el pintor alavés va eliminando las formas antropomórficas y da paso a un paisaje mucho más geométrico, permitiéndole ir hacia la experimentación de una nueva abstracción. Si a finales de los 60, Ortíz de Elguea reflexiona sobre el paisaje abstracto que recuerda lo orgánico y terroso de la materia de lo natural, durante la década de los 70 lo que se descubre en su trabajo es un paisaje abstracto geometrizado y de colores vivos e incluso estridentes, recordando al cubismo sintético de la primera década del siglo XX, o lo que algunos expertos como Javier Viar han denominado macrocubismo paisajista. Coincidente a este tipo de trabajo, Ortiz de Elgea realiza una serie de pinturas en 1979 que no responden a la descripción anterior, sino que muestran un cambio en la composición, el cromatismo y los intereses de representación o evocación. Esto muestra como en la trayectoria de Ortiz de Elgea no se delimitan etapas creativas de manera estanca sino que por el contrario conviven las diferentes maneras y experimentaciones que el artista sugiere entorno a los límites del paisaje y las emociones que provoca. 

A principios de la década de los 80, Carmelo Ortiz de Elgea parece pasar por un proceso especialmente experimental. La obra de estos años destaca por una combinación entre lo ortogonal de las líneas que cortan los planos de la superficie pictórica y los excesos puntuales de materia que se aprecian a través de gotas de pintura que resbalan ordenadamente por el lienzo. Las figuras que el pintor sitúa en algunas de estas obras  suelen estar presentadas en primer plano, de este modo son reconocidas en un paisaje complejo en el que hay referencias al exterior, ventanas que aluden a un interior arquitectónico y elementos radicalmente abstractos de fuertes contrastes cromáticos. Dos pinturas son especialmente representativas de este periodo creativo: Charol y Mi padre en el paisaje, ambas realizadas en 1981. Probablemente sea en la obras de este momento en las que se perciba por primera vez de modo tan contundente, lo complejo de dilucidar el límite entre la abstracción y lo figurativo en la creación del pintor vasco.

 
En la obra que Ortiz de Elgea desarrolla a lo largo de los 80 conviven diversos lenguajes. Por un lado se recupera el desnudo femenino, muy definido en pinturas como Desnudo y arco iris realizada en 1985, mientras que en obras como Regreso de madrugada (1985), Baño del andrógino (1986) o Árbol amarillo (1987) las figuras están solo sugeridas mediante colores secundarios y cargadas de un fuerte dramatismo. Durante estos años el color empleado en algunas de sus obras se oscurece aunque suele combinarlo con tonos cálidos que proporcionan singulares efectos de luz.
 

Respecto a la tipología paisajística tratada en la obra de los años 80,  el pintor alavés introduce el paisaje urbano, dándose un considerable aumento del uso de la arquitectura como referencia espacial. También en este período Ortiz de Elgea retoma el horizonte en el paisaje natural. Esta recuperación se refleja en obras como La Rioja (1987), donde la tierra es la protagonista, ocupando tres cuartas partes de la pintura frente a una estrecha línea de cielo acogotado. La perspectiva, casi isométrica, y la profundidad de los paisajes naturales realizados en este momento, confirman una sutil mirada hacía la pintura tradicional. Otro elemento destacable es la recuperación del paisaje específico, aunque no localizable ni real, ya que el hecho de que el título de la obra aluda a un lugar concreto, algo que Ortiz de Elgea dejó de hacer en los años 60, no es más que la inspiración de la pintura ejecutada, lo que al pintor alavés le ha sugerido dicho paraje. Este tipo de trabajos evidencia diferentes modos de acercamiento a paisajes imaginados. Precisamente otra manera de llevarlos a cabo, esta vez mediante la introducción del paisaje arquitectónico antes comentado, es la obra Misterio en el castillo realizada en 1984.

El retrato va a ser uno de los géneros que Ortiz de Elgea trabaje con mayor intensidad en los últimos años de la década de los 80. En 1988 realiza, entre muchas otras, las pinturas Retrato gris, El pintor Santos Iñurreta, El pintor Juan Mieg, Patxi y Kiko Iturralde, donde se esmera en introducir sencillos elementos que aporten datos sobre la personalidad de los retratados. Del mismo modo se entrega al autorretrato realizando en 1989 Autorretrato con sombrero.  

Durante los años 90, la riqueza en cuanto a variedad y madurez del trabajo de Ortiz de Elgea es notabilísima. Se evidencia la capacidad del pintor  alavés para afrontar caminos tan dispares como sugerentes en un incansable interés por la exploración del paisaje habitado, siendo literalmente elocuente la obra Buscando un paisaje (autorretrato), en la que el propio Ortiz de Elgea se autorretrata con su maletín de pinturas en un espacio de abstracción naturalista. En los primeros años de los  90 viaja a Cuba, donde realiza obras como Paisaje cubano, organizado a modo de tríptico, o Palmera, ambas ejecutadas en 1991 y que se van alejando del oscuro cromatismo de las pinturas de los 80. Uno de los nuevos caminos que toma Ortiz de Elgea en las primeras obras de esta década está marcado por la claridad cromática y la transparencia, provocando una liviana sensación que se empareja con el abandono del dramatismo que portaban las figuras en obras anteriores. Este nuevo lenguaje empleado por Ortiz de Elgea se refleja con eficacía en la obra realizada en 1992 Momia de Santo. El abandono de las pinturas oscuras no es rotundo pero sí se concentra en la evocación de escenas nocturnas. Se evidencia en obras como El lago de noche y El paseante nocturno, realizadas en 1993.

Reflejo de la capacidad de Ortiz de Elgea para sincronizar diversos lenguajes e intereses en su trabajo, son las pinturas que realiza en 1993 inspiradas en la ciudad de Vitoria-Gasteiz. La obra Vitoria I deja ver la Torre de los Hurtado de Anda, el edificio civil conservado más antiguo de la ciudad, con San Jerónimo penitente flotando en primer plano a la manera que Francisco de Goya hace levitar a algunos de los personajes de sus pinturas negras. De igual modo en Vitoria II la arquitectura es una escenografía protagonista y reconocible, en este caso la entrada a la iglesia de San Miguel desde la calle Correría, la cual está precedida por un fragmento semitransparente de una "última cena" que recuerda las técnicas pictoricas y estilísticas de los primitivos italianos. De la misma manera que Ortiz de Elgea permite convivir en su trabajo ideas y experimentaciones plásticas muy diversas, en una única pintura destilan influencias u homenajes también dispares. Por ello en Vitoria II además de trasladar al observador a una atmósfera tardomedieval, con un pequeño elemento como los farolillos que iluminan la calle hace recordar los recursos lumínicos conseguidos por Van Gogh en su vibrante utilización del amarillo.

Carmelo Ortiz de Elgea va a continuar en estos años dedicado al paisaje urbano. Entre 1993 y 1995 Bilbao va a ser el tema de una extensa serie de dieciocho pinturas de grandes dimensiones titulada Bilbo, en la que el pintor alavés interpreta con gran crudeza y emoción el proceso de desmantelamiento de la industria pesada bilbaína. Estas pinturas muestran un paisaje fragmentado, gris, metálico, sucio,...en el que la figura humana está inmersa en un paisaje desolador, deshumanizado y a punto de desaparecer. Ortiz de Elgea trabaja en esta serie con la evocadora idea de la ausencia de un modo descarnado pero profundamente poético. Probablemente el hecho de que el pintor alavés sea un gran intérprete del paisaje telúrico de lo natural contribuya a esta manera de enfrentarse a un paisaje industrial prescindible y condenado a dejar de existir. La serie Bilbo va a ser el único acercamiento de Ortiz de Elgea, hasta la fecha, al paisaje industrial. 

Dentro de la extensa producción pictórica de Ortiz de Elgea, se inserta la única construcción de volúmenes realizada por el artista vasco. En 1996 realiza el conjunto escultórico Torso entre paisajes. Esta obra está compuesta por tres volúmenes realizados en madera policromada al óleo, dispuestos sobre una peana. En el centro se encuentra la talla esbozada que hace referencia al cuerpo humano y, flanqueándola, dos elementos representan el paisaje natural, continuando con un léxico que se puede aplicar en la lectura de sus obras pictóricas. 

A finales de los 90 y comienzos del 2000, el pintor alavés va a trabajar el paisaje de maneras muy dispares aunque siempre dentro de la abstracción naturalista que le caracteriza. Por un lado realizará visiones de diferentes países como Egipto o Estados Unidos con cierta ironía y distanciamiento, sin estar inmerso en el espacio representado y empleando la perspectiva caballera. Ejemplo de este modo de hacer es la obra de 1997 La faluca. Por otro lado va a trabajar el paisaje más cercano y referencial, se ve en obras como Paisaje de Yesa, realizado en el año 2000, reflejando su visión del entorno natural de este pueblo navarro.  En obras como La ciudad sobre el hielo, ejecutada en el 2002, se ve una tierra profunda y subyacente sobre la cual se erige el perfil volumétrico arquitectónico de una ciudad de rascacielos que contrasta por sus dimensiones con una pequeñísima iglesia situada en el horizonte a la derecha del lienzo. Un paisaje que recuerda, por el modo estratigráfico de mostrar lo subterráneo y lo superficial, a las obras surrealistas de los años 30 del artista canario Óscar Dominguez como Cueva de guanches. Esta tierra de hielo en la que predominan los colores fríos está emparejada con gran cantidad de obras realizadas en este período y que transmiten gran serenidad. Este giro en lo cromático se aprecia especialmente bien en obras como Chicago desde la ventana, Paisaje blanco Paisaje con fósiles II, realizadas en el 2003 y que tienen en común un  importante predominio de la gama de blancos, grises azulados y violáceos. De la misma manera que trabaja concienzudamente en estas tonalidades, coincidiendo temporalmente realiza obras como El hijo del escobero, Paisaje mortuorio (áboles), Paisaje del medievo o Interior, todas datadas en el año 2002, que se caracterizan por tonos oscuros y terrosos. También Paisaje asturiano y Relámpago rojo, del 2003, son dos pinturas que no responden a los modelos de creación anteriores. De estas piezas, la última es especialmente vibrante por pincelada y contraste cromático entre los negros y azules muy oscuros, y el rojo que da título a la obra.

 

La arquitectura  es otro de los temas que Carmelo Ortiz de Elgea trabaje con énfasis en los últimos años de los 90 y principios de los 2000. Los espacios interiores tan definidos van a ser una novedad en su obra, su taller será motivo de dos pinturas muy distintas: una de 1997, Mi estudio,  y otra realizada en el año 2002 y titulada Huellas (mi estudio). La primera de ellas responde a una composición unitaria con una perspectiva que fuga en la ventana y que permite ver los campos sembrados del entorno rural que envuelve la arquitectura. En el estudio aparecen obras reconocibles del artista, incluidas unas esculturas policromadas. Muy distinta es la pintura del 2002 en la que hay un predominio de los tonos claros, característicos de este momento y anteriormente comentados. Aunque es una pieza enteriza, el lienzo parece dividirse a modo de tríptico. Las tres estancias reflejadas en la obra, versan sobre el espacio íntimo del artista, el lugar de creación, por ello resulta elocuente que en la parte central este el propio Ortiz de Elgea pintando.

 

 

Dentro de este interés por la arquitectura como nuevo paisaje habitado o habitable, destacan por lo singular dentro de su trayectoria, pinturas como Ermita (2000), en la cual se aprecia el interior del espacio religioso libre de ocupantes, resuelto con mayor naturalismo que abstracción.  Simultáneamente Ortiz de Elgea evoca interiores indefinidos y de fortísima abstracción  a través de obras como Tonet, realizada en el 2002. Con pinturas como esta se aprecia la convivencia de colores y lenguajes de dispares significados. Con Tonet el pintor alavés retorna al color rojo dramático e intenso, así como a la utilización de tonos oscuros en la parte superior del lienzo que da lugar a un techo que sugiere un cielo textil de pliegues barrocos. Así mismo las figuras representadas parecen abstraídas en la lectura, situadas en lo que podría ser una sala de estar o un café que hace recordar aquellos tantas veces homenajeados por los artistas de las primeras vanguardias del S. XX a través del diseño de Michael Thonet, las botellas, la pipa o el periódico en la mesa.

Desde el 2003 en adelante y hasta la actualidad, Carmelo Ortiz de Elgea se ha centrado en el paisaje natural habitado por pequeñas figuras. En obras como Paisaje del Sur o Paisaje Amarillo, ambas realizadas en el 2003, se da una variedad cromática, que aunada a la rápida y vibrante pincelada, recuerda al Van Gogh más reconocible. En obras como esta se vislumbra con gran facilidad la descarnada relación de este pintor alavés con el lienzo en blanco, al cual siempre se ha enfrentado con una ausencia total de boceto o ejercicio preparatorio. Un método de trabajo en el que el artista dialoga con las manchas cromáticas que van surgiendo de su propio acto creativo, de tal manera se generan nudos o focos claves dentro de la composición, que van uniéndose a través de lo que parece ser una energía que fluye en la pintura y que la hace viva. La decisión de este modo de hacer supone la utilización del pincel así como el contacto directo de la propia mano del pintor con el lienzo, que deshace la pintura adherida en la superficie de la tela con sus propios dedos, dando lugar unas veces a una forma ligeramente figurativa y otras a una pura abstracción cromática de gran expresión. 

Continuando con la diversidad de intereses y prácticas pictóricas sincronizadas, Ortiz de Elguea realiza en el 2004 una pieza de armoniosas proporciones, melancólico cromatismo de verdes y azules, y un paisaje doblemente habitado: a través de dos pequeñas figuras en tierra y un barco en el mar. Todo ello enmarcado por dos impresionantes farallones que ocupan los dos laterales del lienzo de arriba a abajo, y que rematan una composición clásica, ordenada y fundamentalmente evocadora de una atmósfera húmeda que no solo lo envuelve todo en la pintura sino que lo constituye.

A lo largo de esta última década la actividad creativa de Carmelo Ortiz de Elgea sigue a un excelente ritmo, explorando las amplias posibilidades del paisaje, entendido en todas sus manifestaciones como parte integrante del ser humano. En definitiva este gran pintor vasco investiga a través de sus creaciones sobre la relación existencial del individuo contemporáneo con su escenario vital.

[1] http://www.euskomedia.org/PDFAnlt/arte/16/16175237.pdf