El deporte visto desde el arte

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Gustave Doré


Gustave Doré nació en Estrasburgo en 1832 y falleció en París en 1883. Es considerado uno los dibujantes más influyentes de la segunda mitad del siglo XIX. Con tan solo quince años inició su trayectoria en París, ciudad en la que publicó semanalmente caricaturas en el Journal pour Rire, para más tarde acabar convirtiéndose en uno de los ilustradores más importantes de la historia.


Artista polifacético experimentó también con la pintura, el dibujo, el grabado y la escultura aunque sus creaciones no alcanzaron el éxito del que gozaron sus ilustraciones. Durante la segunda mitad del siglo XIX, como apuntó, en 2014, Philippe Kaenel, Doré "se propuso ilustrar todos los clásicos de la literatura, cómica, heroica y trágica". Sus ilustraciones acompañaron tanto a grandes clásicos como a obras literarias de sus coetáneos, Cuentos droláticos de Balzac (1855), Cuentos de Perrault (1867), El ingenioso Hidalgo Don Quijote de La Mancha de Cervantes (1863), Paraíso perdido de John Milton, Fábulas de la Fontaine (1868) o Infierno de Dante (1861), entre otras. Se convirtió así en embajador de la cultura europea y el éxito propició que la influencia de su obra se extendiera rápidamente por Europa y América.


 


Doré abarcó diferentes géneros, desde la sátira y la historia hasta la religión. En sus obras frecuentemente aparecen personajes como las pitonisas o los saltimbanquis y escenas costumbristas o relacionadas con el amor, la muerte o el infierno. Los paisajes quedarán reflejados también en su obra, gracias a los numerosos viajes que realiza por España, Escocia o Suiza. Doré terminó convirtiéndose en uno de los principales representantes del paisaje de montaña. Se trata de un género que le acompañó a lo largo de toda su carrera; además, era un apasionado del alpinismo, con lo que esta disciplina deportiva quedará también reflejada en su obra.


ALPINISMO


El 14 de julio de 1865 dos expediciones, la dirigida por Edward Whymper y la capitaneada por Jean-Antoine Carrel, pugnaban por ser las primeras en ascender al monte Cervino, conocido como Matterhorn en su vertiente suiza o Gran Becca en el dialecto valdôtain del valle d'Aosta en Italia. Esta montaña, de singular morfología, es con sus 4.478 metros la quinta cima más alta de los Alpes, su peculiar morfología inspiró a ilustradores y artistas a lo largo de la historia. A este respecto afirmaba Óscar Gogorza en su artículo "El Cervino pasa por ser una obra de arte, la montaña que cualquier niño dibujaría".


Tal era el encanto de estas vistas de montaña que Edward Whymper, un joven grabador londinense, recibió el encargo de ilustrar un libro sobre los Alpes. Con el tiempo se aficionaría al alpinismo, siendo varios los intentos por encumbrar la montaña, hasta que un 14 de julio de 1865 encaró tal hazaña por la cara noreste. Whymper logró llegar el primero a la cima aunque el alto coste de la victoria se saldó con cuatro de sus hombres muertos. En el trayecto de descenso Douglas Hadow se resbaló golpeando a Michel Croz y arrastrando a la muerte con ellos a Charles Hudson y Lord Francis Douglas. Los siete integrantes de la expedición iban unidos por una cuerda que se rompió y permitió a Whymper y otros dos hombres salir ilesos. Tal suceso tuvo una repercusión mediática importante, creándose en torno a este acontecimiento una especie de leyenda que recuerda aún hoy a la cordada de Whymper y su fatal desenlace. Tres días más tarde, el 17 de julio, la expedición dirigida por Jean-Antoine Carrel alcanzaba la cima. Este trágico acontecimiento puso el broche final a la conocida edad de oro del alpinismo dando paso a nueva etapa en la que se busca la dificultad, conquistar las cumbres siguiendo rutas más difíciles.


Doré, viajero incansable y aficionado al alpinismo, visitó en diferentes ocasiones Suiza entre 1853 y 1881. En uno de sus viajes, en 1865, se hospedó en Zermatt y conocedor de la trágica historia de Whymper y sus hombres realizó sus obras L'Ascension du Mont Cervin (El ascenso al Monte Cervino) y Catastrophe du Mont Cervin (La catástrofe del Monte Cervino, la caída). En la primera de las obras representó la llegada a la cima, en la parte superior se observan las figuras diminutas de los siete expedicionarios celebrando la victoria, no se trata de "una descripción topográfica exacta sino una interpretación narrativa".


En torno a esta obra de Doré se ha escrito: "[...] se ordena siguiendo una estructura piramidal y la cima del Monte Cervino constituye la parte esencial. La obra se compone de planos muy sombríos que se suceden hasta llegar a la cordada de alpinistas en la cima de la montaña. En la parte izquierda, el precipicio vertiginoso abre el paso a un vacío enorme. En un segundo plano se aprecia un macizo menos elevado con sus glaciares y sus ventisqueros. El cielo cubierto e inestable y los contrastes de luz recuerdan la duración de la ascensión y la amenaza opresiva de la naturaleza frente a la valentía del hombre. Este tema funesto está ilustrado en la parta baja del cuadro por unas aves rapaces de gran tamaño y de mal agüero, desviadas de su zona por la irrupción de los alpinistas. (Texto extraído de "L'essor de l'alpinisme" en Réunion des Musées Nationaux - Grand Palais. Traducido por Marina Patricia Trif)