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Elogio de la madrastra

OBRA LITERARIA

 

Autor: Mario Vargas Llosa

Año: 1988

Sinopsis: Con la sabiduría del meticuloso observador que es y gracias a la seductora ceremonia del bien contar, Vargas Llosa nos induce sin paliativos a dejarnos prender en la red sutil de perversidad que, poco a poco, va enredando y ensombreciendo las extraordinarias armonía y felicidad que unen en la plena satisfacción de sus deseos a la sensual doña Lucrecia, la madrastra, a don Rigoberto, el padre, solitario practicante de rituales higiénicos y fantaseador amante de su amada esposa, y al inquietante Fonchito, el hijo, cuya angelical presencia y anhelante mirada parecen corromperlo todo. La reflexión múltiple sobre la felicidad, sus oscuras motivaciones y los paradójicos entresijos del poder putrefactor de la inocencia, que subyace en cada una de sus páginas, sostiene una narración que cumple con las exigencias del género sin por ello deslucir.

En Biblioteca: LIT 311

 

 

 

LAS PALABRAS Y LAS IMÁGENES EN LA NOVELA

Intercaladas en los capítulos, aparecen reproducciones pictóricas pertenecientes a obras que abarcan un amplio período de la historia de la pintura: desde el gótico tardío de las anunciaciones de Fra Angelico hasta la desgarrada pintura de mediados del siglo XX de Francis Bacon, pasando por el flamenco Jacob Jordaens, el maestro veneciano del Renacimiento Tiziano Vecellio, el artista moderno peruano Fernando de Szyszlo y el pintor cortesano del siglo XVIII François Boucher.

Es una novela en la que palabra e imagen establecen una intensa relación de dependencia recíproca. La pintura no está al servicio de la literatura con un propósito ilustrativo. Por el contrario, ambas se potencian de manera conjunta, complementándose y, en una suerte de encadenamiento, impactando tanto el desarrollo de la novela como las interpretaciones que pueden desprenderse de la misma. En Elogio de la madrastra las imágenes no sólo cumplen un rol con su aparición en un lugar específico, sino que,  demás, tienen la función de subrayar o matizar elementos determinantes en el conjunto de la obra.

Lucrecia, la desnudez y la mirada

El cuerpo de doña Lucrecia es aquello que se mira, aquello que se erige ante múltiples espectadores como objeto de deseo.  Lucrecia es un objeto de deseo contemplado desde varios ángulos: parada y de espaldas en Candaules, rey de Lidia, muestra su mujer al primer ministro Giges (1648), sentada y de lado en Diana después de su baño de Boucher (1742), acostada y de frente en Venus con el Amor y la música de Tiziano (1548). Vistas en conjunto, las tres imágenes podrían constituir una especie de homenaje al Baño turco de Ingres (1862).  La pintura de Ingres no está expuesta en la novela pero aparece mencionada en los instantes previos a la revelación de Fonchito a su padre.

Don Rigoberto

Don Rigoberto, sumergido en sus rituales higiénicos y sus fantasías, se aparta de lo que lo rodea. En el capítulo 9, Semblanza de humano: «El cubo de vidrio donde estoy es mi casa. Veo a través de sus paredes pero nadie puede verme desde el exterior: un sistema muy conveniente para la seguridad del hogar, en esta época de tremendas asechanzas». Concentrado en sí mismo, está aislado de todo lo demás, como ese cuerpo monstruoso que está encerrado en un cubículo de cristal en el cuadro Cabeza 1 de Francis Bacon

Fonchito

Camino de Mendieta 10 de Fernando de Szyszlo. El cuadro tiene una relación estrecha con Fonchito. A diferencia de las demás pinturas referidas en la novela, esta no es una reproducción que esté bajo la llave de don Rigoberto, sino un cuadro que está presente en la sala de la casa. La imagen está pues a la vista de Fonchito y es él quien la trae a colación, cuando en el reposo del amor le expresa a doña Lucrecia: «Es tu retrato secreto […]. De lo que nadie sabe ni ve de ti. Sólo yo. Ah, y mi papá, por supuesto».

De alguna manera es Fonchito quien indirectamente asigna la voz del cuadro a doña Lucrecia, y en el capítulo 12 , Laberinto de amor, se encarga de enunciar en un lenguaje que se corresponde con la abstracción de la pintura, las implicaciones del triángulo erótico: «este aposento triádico […] es la patria del instinto puro y de la imaginación que lo sirve».

Don Rigoberto y el colapso de su fantasía individual

El universo de la fantasía de don Rigoberto se desploma al enterarse de lo que ha sucedido entre Fonchito y doña Lucrecia. El narrador trasmite lo que se produce en don Rigoberto en el capítulo 13, Las malas palabras: «Alcanzó a pensar que el rico y original mundo nocturno de sueño y deseos en libertad que con tanto empeño había erigido acababa de reventar como una burbuja de jabón».

Enterarse de lo sucedido representa para don Rigoberto aterrizar en la realidad de su propia existencia, darse cuenta de que sus ideales pueden tener cabida en su imaginación mas no en la realidad. Enfrentado a una situación en la que se comprometen sus consideraciones morales, su rol de padre y de esposo, don Rigoberto vive en carne propia la metamorfosis del erótico  antaseador en casto moralista: "[…] Y, súbitamente, su maltratada fantasía deseó, con desesperación, transmutarse: era un ser solitario, casto, desasido de apetitos, a salvo de todos los demonios de la carne y el sexo." Esa noción moral, así como los roles que se vinculan a la pureza en los que se transmuta su fantasía justifican la presencia en la novela, a modo de colofón, el cuadro La anunciación de Fray Angelico .

(Fuente: FANTASÍA Y REALIDAD: RELACIONES ENTRE PALABRAS E IMÁGENES EN ELOGIO DE LA MADRASTRA DE MARIO VARGAS LLOSA de Carlos Andrés Quintero Tobón)