Eduardo Arroyo.

Eduardo Arroyo

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Temática

Dada su curiosidad y su trayectoria vital, no es de extrañar que los temas que interesan al artista y que, por lo tanto, representa en sus obras sean diversos. Desde la crítica al franquismo hasta los deshollinadores, pasando por los toros, los boxeadores,… Personajes muchas veces singulares que atraen su atención, personajes que forman parte de sus obras, a los que observa y de los que nos cuenta su vida, sus alegrías y sus tristezas.

Eduardo Arroyo, 1987.

Sin embargo, aunque su obra pueda parecernos a veces ecléctica o desordenada, tiene un hilo conductor basado en sus propias vivencias personales. Todo gira en torno a su biografía: los problemas de España, el exilio, los amigos, la función de la pintura y del pintor…, todo regado con una buena dosis de ironía y humor.

Un ejemplo de este carácter casi bufonesco es el retoque que realiza a una fotografía suya que aparece en uno de sus catálogos, tiñéndose la nariz de rojo: “Quedé convertido en un payaso. Era una autocaricatura que debía quitar cualquier idea de pedantería al retrato. Esos horribles retratos de pintores en sus catálogos me resultan insoportables. Todos dignos, todos respetables, todos inteligentes, todos insuflados de aliento divino…”.

 

 

 

Veamos ahora, más detenidamente, algunos de los temas que interesan al artista madrileño.

La condición de la pintura y el pintor

La reflexión del artista sobre su papel como pintor es una constante en toda su obra y se encuentra en la base de su quehacer. Se cuestiona la esencia de su trabajo desde sus primeras obras y lo lleva a cabo especialmente a partir de la manipulación de obras de otros pintores como Velázquez, Rembrandt o Miró. Lo que el artista pretende con esto es desmitificar el cuadro, el arte y su historia. Rechaza el contexto en el que se sitúan esas obras y trata de integrarlas en un nuevo entorno contemporáneo.

 

Lo que el artista pretende es recuperar el papel activo de los artistas, pues considera que la especialización a la que se había llegado había derivado en un total desinterés del arte por los problemas y la historia cotidianos, un total desapego que Arroyo considera imprescindible hacer renacer. Quiere integrar el arte en la vida.

 

 

El exilio

Sus propias vivencias personales son sin duda las desencadenantes de este interés, casi obsesión, por el tema del exilio. Lo sorprendente podría ser que este tema se intensifique a partir de la muerte de Franco, a partir del momento en que Eduardo Arroyo ya no es legalmente un exiliado y puede volver a su país. Y digo podría ser, porque si analizamos más profundamente los motivos de este sentimiento, no es extraño en absoluto. Es justo en el momento en el que su vuelta es libre cuando Arroyo choca de frente con la cruda realidad: sigue siendo un exiliado y sigue sintiéndose como tal. No legalmente, pero sí vitalmente. La distancia que separa al exiliado de su patria va más allá de la tierra, es algo interior, mental, mucho más difícil de recuperar y superar.

Es de esta sensación de la que nacen una larga serie de obras dedicadas a este tema. En ellas recurre a historias de personajes ficticios o reales que, como él, han soportado y soportan la condición de exiliados. Así encontramos el cuadro Réflexions sur l’exil: Irún-Hendaye, 1939-1976 un tríptico de 1976, o las obras dedicadas a Ángel Ganivet, Blanco White o Lluis Companys.

 Ángel Ganivet se arroja al Dvina, 1977.

Por otro lado, la toma de conciencia de su condena al exilio interior es lo que le hace buscar una nueva patria, la pintura, y replantearse su condición de pintor.

Así hablaba Arroyo sobre el exilio y su condición de exiliado en una entrevista: “Me considero integrado en la situación española, y en la europea en general. Pero, cuando te has acostumbrado a este tipo de vida, es muy difícil no seguir adelante. Siempre con la doble nostalgia, con el análisis doble. Triple en mi caso, porque soy un poco «tri» teniendo en cuenta que también he vivido y he trabajado durante mucho tiempo en Italia: cinco años en Milán, dos en Roma... donde hice teatro, publiqué libros, y pinté. Es cierto que crea un cierto desorden, pero ahora me costaría trabajo no estar dividido. Mi condición es, y será, una división”.

Los deshollinadores

El encuentro casual con uno de estos personajes en las calles de Zurich provocará el inicio de una de las series más completas de la obra de Arroyo en cuanto al empleo de técnicas, materiales y elementos icónicos se refiere. Un tema que le fascinará, parece ser, por el gusto que por la máscara y la noche, lo negro, siente el artista. La serie comienza en 1979 y da pie a Arroyo a establecer múltiples metáforas a partir del oficio de los deshollinadores. Así, a través de collages, esculturas, pinturas y, sobre todo, dibujos al carbón, Arroyo convierte la ropa de los “ramoneurs” en fracs, sus ennegrecidas caras en máscaras o sus figuras en ladrones del antifaz.

El boxeo

Su admiración y fascinación por este deporte va más allá de la mera valoración del esfuerzo de los boxeadores, pues establece un paralelismo entre el boxeador y el pintor. “El ring es como un lienzo blanco del pintor” – ha escrito Arroyo – “el ring es un cuadro iluminado, destinado a crear tensión y a su vez es también un lugar de tensión”. Más allá también de esa lona como metáfora de lienzo del pintor, el artista entiende el ring como lugar de confrontación, de lucha por la vida.

El verdadero sentido y motivo de esta afición, compartida con Hemingway, Ezra Mound o Miró, queda reflejado en la biografía del boxeador “Panamá” Al Brown. En ella es evidente el interés del artista, no sólo por la brutalidad de este deporte, sino también por ese combate desesperado contra la desgracia, por el exceso…

Además de la biografía de “Panamá” Al Brown publicada en 1982 en francés, Arroyo realizó también varios retratos de boxeadores: Eugène Criqui, Young Perez, Oddone Piazza, Willie Pep, Kid Chocolate o Ray Famenchon.

La fuerza del destino, Willie Pep, 1972. Óleo sobre lienzo, 195 x 130 cm.

El toreo

Una vez más Arroyo comparte afición con Hemingway: las corridas de toros. De hecho, no fueron pocas las veces que durante su exilio Arroyo cruzó la frontera clandestinamente para acudir a la Feria de San Isidro. Tampoco se perdió la Feria de Nîmes francesa. Además, el artista hizo partícipe de su afición a su amigo Gilles Aillaud, a quien llevó a visitar las ganaderías españolas.

Pero, ¿por qué esta afición por los toros? En opinión de Arroyo, en el toreo, al igual que en la pintura, hay que saber mantener las distancias para no ser cogido. Además, corrobora también una afirmación de Hemingway, quien decía que “el torero realiza una obra de arte jugando con la muerte”.

 

 

 

 

Muchos y diversos son los temas que el pintor madrileño abordará a lo largo de su trayectoria artística. Además de los ya mencionados, también la historia contra la que se enfrenta al exiliarse ocupa un lugar importante en sus lienzos de exposiciones como Veinticinco años de paz o Treinta años de paz. La ciudad nocturna con su halo misterioso (Madrid-París-Madrid) o las mujeres (Carmen Amaya) son otros de los aspectos que Arroyo recoge en sus obras.

Una temática que ha ido variando y evolucionando, pero siempre sobre la base de una sintaxis del lenguaje pictórico caracterizada por una pintura literaria y autobiográfica, articulada en series en las que la ironía es una constante. Como dice el propio artista: “Es precisamente ese aspecto serial fragmentario, dividido, esas diferencias estilísticas, esas mezclas… toda esa incoherencia los que constituyen, finalmente, la coherencia de mi obra”.